El último triunfo de Juan Carlos I

Esta semana se ha hablado mucho del rey, incluso más de lo habitual. Ha sido su 75 cumpleaños y Su Majestad ha decidido celebrarlo concediendo una entrevista.

Pese a haber oído argumentos de ambos bandos durante toda la vida, uno nunca había llegado a plantearse seriamente el papel de la monarquía en España, la idoneidad de su existencia como sistema político, o si debería continuar con la muerte de Juan Carlos o no. Un servidor sabe del papel clave que el Rey tuvo en la Transición, y del gran papel que desarrolla como representante permanente de España en el extranjero; pero también entiende la injusticia que supone que un hombre a quien no ha elegido nadie goce de un estatus privilegiado respecto al resto de sus compatriotas, y que determinados actos de esta personalidad enturbian la imagen que se pueda tener de España en el exterior, precisamente por su carácter de representante, e imagen visible y permanente de España en el exterior.

Sin poder sacarse el tema de la cabeza, el que les escribe se puso a pensar: “¿Qué pasaría si, por iniciativa del propio Rey, éste abdicase y se iniciase en España un proceso para instaurar una República?”. La situación parece surrealista e imposible, pero no olvidemos que nos encontramos ante un hombre cuyo éxito más reconocido es conseguir que enemigos en principio irreconciliables, incluso él mismo, diesen la espalda a principios e ideologías, y cediesen una parte de su poder para poder llegar a un acuerdo por el bien de todos. Ése fue el espíritu de la Transición Española, que se sigue rememorando cada vez que se puede, y Juan Carlos I fue el mediador principal y cabeza visible de ese momento clave de nuestra historia reciente.

Fuente de la imagen: el diario.es

Fuente de la imagen: el diario.es

Fuera de consideraciones de si la República es mejor o peor, de si es ese interés común que debemos buscar o no, uno se volvió a preguntar: “¿Y qué pasaría si, como último acto de servicio, Don Juan Carlos decidiese reeditar su acto más admirado?, ¿qué pasaría si volviese a ceder poderes y prerrogativas con el objetivo de buscar ese acuerdo tan anhelado por todos?”. Es más, para rizar el rizo a uno se le ocurre que no sea el propio monarca quien lidere este proceso, por considerar que su imagen puede estar falta de credibilidad a estas alturas, sino que sea su hijo quien tome la voz cantante. Imaginemos pues que Juan Carlos decide abdicar la corona en su hijo Felipe y pide a todos los partidos políticos que inicien el proceso para reformar la Constitución, y que, si el pueblo español quiere, se instaure una República. Supongamos que los partidos políticos de todo pelaje, en su respeto al rey, o en su anhelo de República, acceden a convocar un proceso de reforma de la Constitución; e imaginemos que Felipe, respetando la voluntad de su padre, decide no poner trabas al proceso; es más, que Felipe, al igual que su padre años atrás, vuelve a actuar de mediador para acercar posturas. Imaginemos entonces que dos tercios de las Cortes y del Senado acuerdan reformar el Título II de la Constitución, que regula la corona; y que disuelven las Cortes a continuación, y convocan elecciones; y que los nuevos representantes elegidos redactan un nuevo texto constitucional en el que nuestra forma de Gobierno es una República; y que ésta se ratifica en referéndum. En este momento a uno se le empieza a ir la cabeza con tanta elucubración pero, ¿por qué no seguir?: ¡¿Y si Felipe decide presentarse a Presidente de esta nueva República Española?! Llegados a este punto, ¿por qué no?; un servidor le votaría: una persona que ha sido capaz de renunciar a tanto por llegar a un acuerdo no puede hacer ningún mal al país.

¿Y si, con este nuevo impulso, vuelve el tan mentado “Espíritu de la Transición”?. ¿Y si políticos de todo signo son capaces de ponerse de acuerdo en temas de interés general?. ¿Y si se puede llegar a acuerdos que beneficien a todos y no sólo a unos pocos? ¿Y si…? Entonces algo me hizo darme cuenta de que estaba dándole demasiadas vueltas a un asunto que no tenía fin, y que, probablemente, no tenía sentido. Ese algo eran las palabras del siempre realista, duro, y genial David Simon, creador de The Wire, a través de la boca del gran D’Angelo Barksdale

No es así, el rey siempre será rey

Colaboración especial de Guillermo Fraile

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